Hay espacios que imponen respeto por su historia, pero que se llenan de una vida desbordante en cuanto el amor los habita. El Monasterio de Lupiana fue testigo de una de esas jornadas donde las piedras centenarias parecieron abrazar cada risa, cada mirada cómplice y cada paso de Laura y Yeray.
Caminar con ellos entre claustros de ensueño y rincones llenos de alma nos regaló momentos de una verdad arrolladora. Fue una celebración sentida, tejida con abrazos de los que curan el tiempo y rodeados de quienes de verdad importan, convirtiendo un escenario monumental en un refugio de cercanía y calidez.
Gracias, Laura y Yeray, por abrirme vuestro mundo y dejarme inmortalizar con mi cámara la magia tan bonita que desprende vuestra historia juntos.